Guchi Basile, poeta e religioso che vive in Argentina, di origini familiari italiane, ci ha mandato questo suo testo di riflessione sulla vocazione poetica cristiana.

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La vocación poética cristiana

Guchi Basile

Una ventana que se abre

una ventana se abre… De par en par ha quedado abierta, y deja entrar el renovado aire que la

naturaleza recién despierta le ha ofrecido gratuitamente con el alba.

Entra la luz clara, entra el aire fresco, entran, libres, los aromas naturales que lo inundan todo con su singular intensidad… Los pulmones se dilatan, y el cuerpo, la mente y el espíritu se renuevan, y puedo gozar ante aquella silenciosa y matutina presencia.

Una luz transparente se precipita y, sin pedir permiso, acaricia todo interiormente y lo devuelve a su original esencia, la transparencia.

Cuando todo es ya claridad naciente, comienzo a percibir la realidad amable de las cosas en su encanto original, pues se ha convertido en don; lo descubro en los colores nítidos y en las formas verdaderas, en los sonidos armoniosos y en el despliegue maravillosamente único de una realidad pura, universal, que se presenta tal cual es, como el aire fresco en la mañana, y que se deja abrazar en su verdad, en la diafanía abierta, como abierta permanece la ventana, que ha vuelto, por su bondad, diáfana también la mirada.

Todo ahora es transparente porque la luz ha inundado, al pasar la noche, el corazón, y le ha permitido echar una mirada clara, transparente donde antes sólo hubo oscuridad.

La ventana que se ha abierto es el corazón abierto que ha dejado entrar el aire fresco de un amor que tiene la fuerza para renovarlo todo con su beso, y que ha entrado para llevar fielmente su misión, volver nítida la mirada y llevar el aire puro de la esperanza a las muchas veces oscura realidad interior.

Todo así lo convierte en una hermosa posibilidad de mirar la realidad cotidiana tal cual es, aceptarla, aún en sus fragilidades, y dejarse conmover por ese mensaje que está allí, que se manifiesta ocultándose, y cuya voz es delicadamente clara, capaz de seducir y atraer, de sorprender y conquistar la fe, despertándola a la vida nueva, como las gotas del rocío que se posan silenciosas sobre las hojas de los árboles y lo despiertan, con el susurro de su voz, al nuevo día que ha empezado a ser.

Llueve…

La tranquilidad matinal se recrea entre las ramas abundantes de los árboles mojados del jardín que se mecen con la brisa del verano.

Los gorriones bulliciosos van y vienen, volando, haciendo piruetas en el aire, desafiando la lluvia, libres como el mismo aire que respiro.

Una vez más llueve…

La brisa fresca acaricia mis pies descalzos, acaricia también mis manos mientras delinean un poema, y mis pensamientos se vuelven palabras nuevas, transparentes palabras que revolotean libres bajo la lluvia que fecunda la alegre esperanza.

El solitario jazmín eleva ahora al cielo una plegaria de suavísimos aromas que se acercan para inundar mi espera y reposar en mi amante escritura la paz que entre sus pétalos se recrea, mas tan sólo porque abierta ha quedado mi ventana y ha despertado con el alba, como aquella delicada fragancia, como su beso que acaricia el alma, mi mirada.

 

 

Una mirada delicada

 

«¿Para qué sirve la poesía?», –preguntaron a un poeta italiano en una entrevista–, y el

apasionado poeta respondió: «Sirve para testimoniar que se puede tener necesidad de algo

que aparentemente no es necesario. Todos tienen necesidad de poesía, de vivir “poéticamente” lo cotidiano, también el artesano, la madre de familia, el bancario, el zapatero, el profesor, todos. Porque todos tenemos necesidad de una mirada delicada sobre las cosas, que vaya más allá de lo que se ve».1

En estas sencillas palabras puedo descubrir el valor esencial de la poesía cristiana y, por ende, de la vocación del poeta cristiano: hacerle descubrir al hombre, sumergido muchas veces en una realidad descolorida, apagada, herida por el sinsentido, con su testimonio poético, a través de su grito silencioso que surge de las profundidades del alma transparente, que tiene «necesidad de poesía», abriéndolo a la enorme posibilidad de encontrarse consigo mismo, con la naturaleza y con Dios, que lo ama desde siempre, invitándolo cada vez a no tener miedo de «vivir poéticamente» sus realidades, es decir, de cultivar en todo tiempo y lugar esa «mirada delicada» que sepa expandir, bondadosa, como su aroma el jazmín, sobre su cotidianeidad más simple, sobre el trazado de su historia, sobre sus decisiones y proyecciones, sobre sus anhelos más verdaderos, sus esperas, e incluso sobre sus temores, a veces infundados.

La poesía cristiana, traspasada por la luz de la fe y por la frescura de la esperanza, tiene así el don admirable de decirle al hombre que puede ser y resplandecer en su verdad y belleza originales, aun, y especialmente, en medio de sus muchas veces sombría realidad, para descubrir allí mismo al Dios que le sale al encuentro, para llegar a convertirse también en don gratuito para los demás a partir de la bondad que Dios ha manifestado en él y desea hacerlo a través de él.

La poesía cristiana desea ayudar al hombre a cultivar esa «mirada delicada», esto es, una mirada profunda, nítida, valiente, que sepa penetrar, buscar y encontrar la esencia de la vida y de las cosas, de la misma realidad y a Dios por ellas; que sepa recorrer con esperanza y coraje los avatares del camino; que se vuelva caricia dispuesta a envolver de bondad cada realidad, ofrecida para él, como la sorpresa que despierta la belleza de un paisaje al abrir una ventana de par en par, dispuesta a ofrecerle de sus mejores frutos, sólo para que él los tome en su libertad y saboree de su don. Es esta una mirada delicada, que no violenta, que sabe esperar y abrirse al misterio que no se ve, pero que en verdad lo traspasa, lo arrebata, y le recuerda que es un ser trascendente, hecho para la felicidad que se halla plena y sólamente en Dios que todo lo ha creado.

Desde esta conciencia, iluminada por una fe dócil, encendida en la esperanza que confía, desde la contemplación profunda y serena de la vida y sus riquezas, el hombre puede percibir entonces que en verdad «todos tenemos necesidad de una mirada delicada sobre las cosas», que nos enseñe a respetar nuestra dignidad y a valorarnos en la Verdad profunda que nos hermana.

Pues, en verdad «la poesía nace de la cotidianidad. En efecto, es sólo observando con afectuosa inteligencia lo cotidiano que podemos encontrar aquellos elementos de reflexión que saben inspirar una poesía.»

La poesía nace de la capacidad de mirar la realidad cotidiana con un ojo más atento y

con un ánimo más abierto que nos permita acoger situaciones, sentimientos, estados de

ánimo de los otros y reflexiones nuestras, tales que merezcan ser expresadas con palabras que comuniquen el valor en una dimensión universal».2

La poesía cristiana parte, nace, brota, se desprende, como el cielo de la lluvia, como las

montañas de sus aromas, de las propias experiencias y vivencias del hombre de fe y de su

intercambio con una realidad que es para él cotidianamente vital, y son ellas las que vuelven

única, irrepetible, original su poesía, es decir, su mirada delicada; experiencias desde las

cuales puede sacar la “harina” que se convierte en el pan cotidiano de su poesía, alimento

sólido y tan propio de él, cuya “levadura” son las formas únicas, con sus emociones, sus

pasiones, sus formas de mirar, sus deseos, también sus temores y aparentes fracasos, con

las que cada hombre de fe vive los acontecimientos de su historia y de la Historia, en una

relación de amor con Dios, Padre suyo, con la creación y con los demás hombres, con los que

comparte el pan de la fraternidad.

En efecto, el pan que sustenta nuestra identidad humana con su sabor y aroma incomparables, surge de la armónica relación y comunión de sus elementos originales: la harina blanca, nacida de las doradas espigas del campo mecidas por el viento cálido y regadas por la mansa lluvia; la suave y poderosa levadura que secretamente fermenta la masa dándole su forma verdadera; la sal sabrosa que enriquece desde el interior y vuelve sublime la entrega; el agua pura que unifica cada elemento y oxigena la masa nueva, y el calor que nace del candente fuego, que tiene la envolvente capacidad de llevar a plenitud la obra de aquella conjunción única, haciendo que la virtud que ofrece cada elemento se transparente e irradie su bondad y belleza, constituyendo un solo pan.

Y he aquí que la palabra es el instrumento más noble, como las manos que fabrican el

pan, que unifica la vida del poeta cristiano, que le permite encauzar esa mirada delicada que

vierte con alegría sobre la realidad, para extraer de ella las riquezas para su vida y su entorno, como el oxígeno del agua, a la vez que se convierte ella misma en el agua que la riega abundantemente, fecundándola. Es la palabra que el poeta cristiano sabe utilizar como la herramienta adecuada para expresar aquellas dimensiones de su ser, que no se ven, y a veces hasta no pueden explicarse ni expresarse, pues constituyen su más profundo misterio, como el misterio unificador que sucede en el interior de la masa al mezclarse los elementos. «El poeta es, por tanto, el que sabe mirar lo particular (un hecho, una persona, un objeto, etc.) de la vida de cada día y sabe encontrar las palabras más eficaces para comunicar a todos los rostros de profunda y auténtica humanidad que cada situación y cada realidad puede tener en sí».3

Es así que cuando el poeta cristiano logra esbozar con palabras lo que ha recogido con

su mirada penetrante a través de la ventana de su interioridad, que es propiamente, podría

decir, su dimensión poética, su poesía se vuelve esencialmente testimonial, pues sólo desea

comunicar a los demás acerca de lo que ha oído, de lo que ha visto con sus ojos, de lo que ha

contemplado y de lo que ha tocado con sus manos (cfr. 1Jn. 1, 1), testimonio que, en el

fondo, es anuncio de «la Palabra de Vida» (1Jn. 1, 1), que es la que le da a su poesía su

forma esencial, su consistencia interior, como el calor del fuego al pan, fecundando su

palabra, haciendo que despida su suavísima e intensa fragancia inundando todo el hogar.

«Porque la Vida se hizo visible» (1Jn. 1, 1), y el poeta la ha visto y se ha convertido en testigo

y anunciador de esa nueva realidad.

El hombre de fe, entonces, que sabe contemplar, es decir, trazar una mirada delicada

sobre la realidad de las cosas y de la cotidianidad, encuentra el sentido de su vida, que no

puede transformarse en otra cosa, sino sólo en poesía, es decir, en testimonio coherentemente bello, atractivo, en anuncio irrepetible, en belleza que se contagia, pues comprende que «todas las cosas» que él puede alcanzar a mirar-contemplar «fueron hechas por medio de la Palabra», sin la cual «no se hizo nada de todo lo que existe» (Jn. 1, 3), porque «en ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn. 1, 4), vida de la que el hombre también participa por puro amor gratuito, y busca testimoniar así, juntamente con su experiencia de fe, con la luz de su poesía.

Sólo inmerso en la contemplación de este misterio es que se vuelve capaz de trazar esa mirada delicada sobre su realidad y la realidad de la humanidad que lleva consigo, y convertirla en expresión gozosamente poética. Por eso, su poesía se vuelve testimonial.

Entonces, ¿para qué sirve la poesía cristiana? Esencialmente, pues, puedo decir que la poesía cristiana sirve para dar testimonio de la Verdad, que todo lo sustenta, ya que al «vivir poéticamente la cotidianidad» el hombre de fe se vuelve capaz de trazar esa mirada delicada sobre la misma; delicadeza que sabe encontrar y recoger de su esencia humana, a la vez que divina, puesto que procede de Dios y a Dios ha de volver (beato Luis María Monti), y expresarla en testimonio, ante todo, para sus hermanos en humanidad, anunciándoles que «todos tienen necesidad de poesía», de cultivar una mirada «que vaya más allá de lo que se ve», descubriendo allí mismo la presencia bondadosa de un Dios que no se ve, pero que se

transparenta en la mirada y en la delicadeza de las cosas que ha creado.

De aquí se desprende el significado de la palabra servir, entendida no tanto por su utilidad material, cuanto por su servicio, es decir, por su entrega generosa a la Verdad, al Bien, a la Belleza, simbolizados bíblicamente en la imagen de la luz, que es Cristo, «la Palabra» que «era la luz verdadera» (Jn. 1, 9), de la cual el poeta cristiano participa y de la que está al servicio, «como testigo, para dar testimonio de la luz», y de modo que –y he aquí su más hermoso propósito– todos lleguen a creer «por medio de él» (Jn. 1, 7).

 

Contemplar el amor creador de Dios Padre «Porque, a partir de la grandeza y hermosura de las cosas, se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sab. 13, 5).

Decía más arriba, citando al evangelista Juan, que «todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra», sin la cual «no se hizo nada de todo lo que existe» (Jn. 1, 3), porque «en ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn. 1, 4).

Deseo invitarte, ahora, a que contemples serenamente a Dios como Creador y Padre de todo lo que existe, y a su Hijo Jesucristo, por quien «fueron creadas todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra, los seres visibles y los invisibles», siendo Él «la Imagen del Dios Invisible, el Primogénito de toda la creación», por quien «quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col. 1, 15-16. 20). Es sólo a partir de esta contemplación como podremos comprender el valor místicotestimonial de la poseía cristiana, puesto que ésta tiene como punto de partida, navegación «mar adentro» (cfr. Lc. 5, 4-7) y «seguro y tranquilo puerto» de llegada el amor creador de Dios Padre, que llama a la existencia todas las cosas, así también al hombre (cfr. Gn. 1 y 2). He seleccionado un breve texto a través del cual su autor, de modo simple y claro, nos ayudará en esta contemplación que también quiere volverse plegaria humilde y acción de gracias a Dios, «que da vida a todas las cosas» (1Tim. 6, 13).

 

* * *

«Dios creó el mundo no porque necesite de él, sino para expresar su amor y su alegría que se desbordan. […]»Antes de la creación del universo sólo Dios existía. Esto bastaba. Pero su decisión de crear funda todas las cosas. […]

»En el misterio de Dios reside el comienzo de todo, así como la fuente en la entraña de la montaña da perenne comienzo al río, que sigue corriendo porque la fuente no se agota.

Todas las cosas existen, yo existo porque lo decide la voluntad de Dios de que exista, porque ha posado para siempre su mirada sobre mí, porque me ha llamado por mi nombre, porque me funda su amor creador que Él dirige hacia mí desde antes de la creación del mundo (cfr.Ef. 1, 4).

»Las raíces de mi existencia arraigan y beben en el sagrado misterio de Dios, de su

designio de que yo exista. Qué formidable responsabilidad la de Dios al crear la humanidad, al crearnos capaces de darle respuesta, incluso para negarlo. Decía Kierkegaar que sólo Dios, Potencia absoluta, puede crear seres libre y respetar sus decisiones. Pero nuestra respuesta religiosa ha de ser el reconocimiento de Otro absolutamente Otro y de su poder sin límites.

Porque Dios funda nuestra libertad y nuestro límite creatural.»Por creación le pertenezco al Creador no como una cosa, sino como una persona viva a quien Él ama…

»¿Qué es crear? Es llamar a las cosas que no son, para que sean: es llamar a la

existencia desde la nada. Digámoslo con otra fórmula: crear es dar la existencia. Dios me dio el ser, me ha hecho el don de que exista.» Desde la nada no puede producirse nada. Por eso hay que agregar que Dios creó a partir de sí mismo, de lo que Él es. Dios crea al hombre desde sí a imagen de sí.» Porque Dios decide no ser Él solo, porque no quiere ser la única y toda la realidad.» Y poner fuera de sí un mundo creado entraña un acto de renuncia a sí mismo, haciéndonos don: da ser, da algo de sí mismo. El hacer existir a alguien fuera de sí es un rebalsar de su infinita plenitud divina. Ello es la inmensidad de un amor sin fronteras que se derrama.»Sólamente la negación de sí como exclusividad puede dar lugar a otras personas. Al crear, Dios insinúa ya un esbozo de un primer don de sí. Esa realidad de un amor divino que se renuncia a sí mismo se revelará abismalmente en el despojarse del Verbo (su kénosis) tomando la condición de siervo que irá hasta la cruz. El misterio de la encarnación, en esta línea de significado, corona el amor de la creación.» Este dar la existencia es un hecho de total gratuidad, puro don gratuito de infinita liberalidad. En mi existir Dios hace un presente invaluable, ya que este presente posee un sello del donante divino, puesto que soy imagen y semejanza suya.» Dios crea para nosotros todas las cosas. Asombrados, podríamos dirigirnos al universo: “Sol, luna, estrellas de la noche, cordillera nevada, bosques y montañas, florcitas del campo, alegres pajaritos, abejita que preparas la exquisita miel: Dios los ha creado no para sí solo, sino para mí. Yo, hombre, te nombro como ofrenda de alabanza a Dios, a quien devuelvo todo en el canto de alabanza desde mi íntima alegría”.»Dios es siempre el que da, jamás el que quita o sustrae. Porque Dios obra por amor y el amor se expresa en el dar. El impulso del dar está en la entraña del amor como el quemar está en la entraña del fuego, como la luz en la estrella, como el latido en la vida. […]»Todo es don pero pide nuestra tarea… Todo es para la realización de los hombres según el proyecto del Creador: que los hombres crezcan hasta la plenitud del destino humano que se corona en la resurrección final.

»Dios, en relación a los hombres, es siempre el que da cada día. Cada día da la luz y el calor, da los latidos del corazón y todo cuanto vive en nosotros. Y no lo notamos, porque la perfección del dar está en que no se hace notar. Como ocultándose, Dios quiere que todo sea nuestro: la luz, la tierra madre, los pájaros, las flores. Él mismo es nuestro: ¡Padre nuestro! Su amor creador es nuestro, nos pertenece. […]»Nuestra vida está firmemente plantada en el Dios Viviente, dueño de toda vida. Dios es siempre primero: su Vida nos hace vivir, su amor nos hace ser. Si no hubiese pronunciado el “hágase la luz”, las tinieblas seguirían reinando sobre nuestro abismo. Dios es foco único del que toman lumbre las lámparas de todas las almas (san Agustín). Dios es el amor con el que amamos, la energía por la que nos movemos, el Existente que nos hace existir. […]

»Fuente de nuestro vivir, Dios es como el oxígeno que respiramos, el agua que

bebemos, el fundamento que nos sostiene, el espacio en que existimos. Dios es el último

punto de referencia. Y esa última instancia de todo es profundidad infinita e inagotable».4

 

Poesía cristiana: Figura, expresión y participación del amor creador de Dios

La poesía cristiana se convierte, en virtud del amor creador de Dios que le inspira su

aliento vital llamándola a la existencia (cfr. Gn. 2, 7) y la fundamenta, en figura, expresión y

participación de ese mismo amor que le da la vida, la traspasa, la consolida y la sostiene, y

del cual participa por pura gratuidad.

 

 

FIGURA

 

Por definición, “figura” es la «forma exterior de un cuerpo por la cual se diferencia de

otro». Y también: «Cosa que representa o significa otra».5

Desde estas perspectivas, una material y otra simbólica, la poesía cristiana, en cuanto

figura, evoca el cuerpo que la manifiesta exteriormente, que la hace visible, perceptible, que

la revela en cuanto tal, constituida materialmente por elementos concretos como el papel, el

lápiz, las manos del hombre, sus palabras escritas, sus disposiciones sobre la hoja, el libro,

formando todos un conjunto armónico que le da a la poesía un cuerpo personal a través del

cual deja resonar su interioridad (pensamientos, emociones, afectividad, intimidad relacional

con Dios), la cual, al exteriorizarse, es decir, al salir a la luz (edición), deja entrever la

representación simbólica o significancia que busca revelar otra Realidad que no se ve,

profunda y única, que la sustenta vitalmente y la ha llamado a ser.

Una poesía cristiana, que es única y personal en cada hombre, al “materializarse”,

alcanzando su original y específica forma a partir de sus palabras humanas, de sus

experiencias vitales, de sus miradas delicadas sobra la realidad, de sus emociones, y de su fe

iluminándolas, logra así representar o significar la verdadera Realidad que la mueve a ser,

llamándola desde adentro, dándole una forma determinada, muchas veces limitada, pero

que logra adquirir un hondo significado en la vida y en la misión de ese hombre poeta.

Es así que una poesía cristiana es figura-forma y signo que ha quedado plasmada

exteriormente, pero que primero ha sido escrita y significada en el corazón de su poeta por

el Artesano que ha sabido tallar su Palabra en el silencio de una espera.

Lo que alcance a expresar a través de su forma poética sólo será porque esa Realidad

divina que la inunda, no sólo la alimenta y la sacia, sino que se desborda a través de ella,

volviéndola capaz de «encontrar las palabras más eficaces para comunicar a todos los

rostros de profunda y auténtica humanidad que cada situación y cada realidad puede tener en sí». Situación y realidad en las que la Palabra se ha encarnado, anonadándose a sí misma, y tomando la condición de servidora, haciéndose semejante a los hombres (cfr. Ef. 2, 7),

hablando las palabras de los hombres, y que se ha convertido, a partir de la ofrenda sacrificial de su vida, en figura y expresión del inconmensurable amor de «Dios con nosotros»

(Mt. 1, 23), «derramado en nuestros corazones» (cfr. Rom. 5, 5).

 

 

EXPRESIÓN

 

La expresión es puntualmente la «especificación, declaración de algo para darlo a

entender».6

Es, pues, a partir de las palabras, formadas por el pensamiento y los sentimientos, y que son específicas a la vez que significativas para el poeta, como éste logra ofrecerse a través de ellas a los demás, a fin de dar a entender algo que de por sí no se alcanza a entender totalmente o resulta difícil hacerlo, pero que adquiere fuerza de sentido para él puesto que, reconociendo aun sus límites para manifestar aquello que ha descubierto y saboreado, se sabe portador de un mensaje que no es suyo, sino que proviene de más allá de sí, es decir, que lo trasciende, pero que necesita de él, de sus expresiones, miradas y palabras poéticas, para comunicarse y comunicar a los demás de su profundidad y belleza, «porque la boca habla de la abundancia del corazón, y el hombre bueno saca cosas buenas de su tesoro de bondad», dice el Señor (Mt. 12, 34-35).

Un poema, de este modo, se vuelve vivaz, portador de vida y capaz de expresar concretamente aquello que ha golpeado el corazón, moviéndolo y disponiéndolo para contagiar aquel mismo fuego que lo sustenta, llevando el calor a través de las palabras hacia los hogares que permanecen aún ateridos de invierno.

El P. Boasso, citado en el apartado anterior, lo refiere claramente: «Dios creó el mundo… para expresar su amor y su alegría que se desbordan». Se desprende que este amor del Padre es “su poesía”, su mirada amorosa que se vierte sobre la realidad del hombre, sobre la que manifiesta luego todo su amor, su ternura, su compasión, su bondad, desbordándose de sí, llamando continuamente a la vida, recreando y atrayendo al hombre hacia su Corazón paterno, puesto que el suyo es un amor que se entrega gratuitamente y se expresa en las formas poéticas de su inagotable creación, que el poeta cristiano, en virtud del don que ha recibido, sabe interpretar para luego expresar a través de sus palabras.

La creación, o más precisamente, la recreación poética, es, antes que nada, figura de ese desbordarse el amor del Padre que inunda el corazón, y que va a cobrar la forma de un

poema, cuyas palabras se derraman como el agua de la lluvia sobre la tierra sedienta de una

realidad que está ahí y que tiene necesidad de «vivir poéticamente lo cotidiano».

“Recrear” un poema es, en virtud del amor creador del Padre, «llamar» a ese poema que no es para que sea; un llamar a la existencia desde la profundidad de un corazón que necesita vaciarse de sí, para que Otro, el Creador, ocupe todo el espacio, y pueda llamar a ser a aquella que está llamada a ser-expresión y testimonio de su amor ante los hombres y por los hombres. Por eso, «Dios crea a partir de sí mismo», y una poesía cristiana se recrea a partir de lo que Dios ES en el corazón de su poeta, que se convierte en instrumento de las manos creadoras del Padre. «Porque Dios decide no ser Él solo, porque no quiere ser la única y toda la realidad».

 

 

PARTICIPACIÓN

 

«El hacer existir a alguien fuera de sí –dice el P. Boasso– es un rebalsar de su infinita

plenitud divina. Ello es la inmensidad de un amor sin fronteras que se derrama. Al crear, Dios insinúa ya un esbozo de un primer don de sí».

Y en este «esbozo» puedo entender el sentido del don de sí del que la creatura es “parte”, como cada miembro del cuerpo, puesto que participa del mismo amor que la ha llamado a ser, y más precisamente, a ser figura y expresión de ese amor que «rebalsa» y «se derrama».

Imagina por un momento el esbozo de un poema: al volcarse las primeras palabras que van naciendo del corazón abierto van constituyendo el esbozo de un primer don de sí mismo. Al principio ellas parecen que se derraman desde dentro sobre una hoja en blanco, sin forma definida, como si desbordaran del corazón, deseando sólo manifestarse a borbotones. A medida que ese poema va cobrando su forma definitiva, que nunca alcanza a ser acabada, el don de sí mismo se va completando hasta lograr manifestar el brillo, el color y el calor de un amor que sale de sí y anhela ir más allá de sí, pues su esencia verdadera es darse.

Aquel amor divino que se rebalsa, que es «sin fronteras», no puede ser otra cosa que un amor participado, y que se manifiesta en lo que por él es creado, en lo que él ha llamado para que sea: «Este dar la existencia es un hecho de total gratuidad, puro don gratuito de infinita liberalidad. En mi existir Dios hace un presente invaluable, ya que este presente posee

un sello del donante divino, puesto que soy imagen y semejanza suya».

Puedo ver, entonces, que la poesía cristiana, al ser recreada, se convierte en expresión manifiesta de la participación del amor infinito de Dios. Para el poeta cristiano, escribir una poesía no es sólo volcar sobre un papel sus sentimientos y emociones, sino que, más profunda y esencialmente, es expresión de un amor eterno que se derrama, que se desborda de sí, para convertirse en creación, en realidad creada participada porque primero fue amada.

Pues, como ha dicho el P. Boasso: «Nuestra vida –y en consecuencia, la poesía cristiana que nace de la creatura– está firmemente plantada en el Dios Viviente, dueño de toda vida.

Dios es siempre primero: su Vida nos hace vivir, su amor nos hace ser. Si no hubiese

pronunciado el “hágase la luz”, las tinieblas seguirían reinando sobre nuestro abismo. Dios es foco único del que toman lumbre las lámparas de todas las almas (san Agustín). Dios es el amor con el que amamos, la energía por la que nos movemos, el Existente que nos hace existir».

Ahora bien, ese amor de Dios que se derrama, renunciándose a sí mismo, y del cual la poesía cristiana participa, lo resignifica en sí misma y lo expresa, «se revelará abismalmente

en el despojarse del Verbo (su kénosis) tomando la condición de siervo que irá hasta la cruz.

El misterio de la encarnación, en esta línea de significado, corona el amor de la creación».

Miremos, pues, ahora a Cristo.

«La espiritualidad cristiana –la espiritualidad poética cristiana– se funda en la

experiencia de Dios como participación de la gracia original de Jesucristo en cuanto que en Él, Dios ha hecho singularísima experiencia de lo humano, y el hombre ha hecho la

experiencia de lo divino. La experiencia cristiana –la experiencia poética cristiana– es una

participación en la experiencia del Hijo humanado, se desprende de “la insondable riqueza de Cristo” (Ef. 3, 8). Se nos participa de la experiencia del Dios trinitario a partir de la humanidad del Hijo encarnado.

»El Hijo, en cuanto hombre, ha tenido en todo su ser y en toda su psicología humana

una verdadera experiencia de Dios. Esa experiencia del Padre es lo que lo constituye en Hijo.

La experiencia que el creyente –el poeta cristiano– tiene que hacer es una experiencia

humana, participación del único que tiene una experiencia humana de Dios, en la Trinidad, que es el Hijo. Toda experiencia humana que se tenga de Dios en la gracia es una participación de esa experiencia humana “modélica” del Dios-Hombre Jesucristo… » En Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Dios experimenta “hasta el fin” (Jn. 13, 1) lo

que es, dramáticamente, ser hombre; y, el hombre, experimenta más allá de sí, por la gracia, lo que es ser (como) Dios. En esta aventura de locura y amor, Dios pascualmente

experimenta, en su osada iniciativa, lo que es ser hombre hasta en sus últimas

consecuencias; a tal punto lo gusta Él mismo que experimenta lo que no era, lo totalmente

distinto de sí.» A partir de Jesucristo, el hombre –por ende, el poeta cristiano– tiene la posibilidad de experimentar a Dios en la medida en que, paradójicamente, Dios ha tomado la iniciativa de experimentar al hombre…» Si el Hijo de Dios se hizo hombre para que toda experiencia humana fuera posible para Dios, excepto el pecado, de manera semejante el hombre, a partir de la Encarnación, tiene la posibilidad de que la existencia toda sea una experiencia de Dios. Nuestras experiencias cristianas –también la experiencia poética– es como una existencia “desde Otro”. Todo lo que vivimos es gracia porque es la participación en el misterio del Hijo.

Vivimos desde una condición regalada, donada, recibida. Él vive –y vive resucitado para

siempre– en la medida que se expropia de su ser. Él vive en la medida en que se deja vivir y se deja vaciar; y nosotros, lo que vivimos en la dimensión más profunda de la gracia, no nos pertenece. Nuestra existencia tiene, inevitablemente, un destino de santidad porque se desprende de la misma gracia de Jesús».7

Puedo decir que, de un modo admirable, por el don de Dios en él, el poeta cristiano participa con su poesía de la misión del Hijo, pues sus palabras son, en la Palabra hecha carne (Jn. 1, 14), portadoras de «una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo» (Lc. 2, 10), y que el poeta va aprendiendo a escuchar y a obedecer en el camino de su vida.

Asimismo, el poeta cristiano, mediante su expresión poética, busca transmitir, de modo imperfecto pero sincero, su profunda experiencia humana, y de Dios en y a través de ella; pues sus palabras delinean esa búsqueda sedienta de un Dios que se esconde muchas veces y que calla otras tantas, pero sin dejar de susurrarle nunca su amor y de manifestarlo en tantos detalles cotidianos, llevándolo muchas veces al desierto, mas sólo para hablarle al corazón (cfr. Os. 2, 16), de modo que llegue a despojarse de sí, para llenarse de Él, pues es Él su única riqueza, y es de Él, no de sí, que hablará a los demás. «Porque tú irás adonde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene» (Jr. 1, 7).

El poeta cristiano experimenta así, en su soledad habitada, en su humanidad profunda, a medida que también el silencio se hace poema en él, la presencia del Dios Vivo, que lo amó primero y, en Jesucristo, lo llamó para salir más allá de sí, para dar testimonio de la Verdad (cfr. 2Sam. 2, 8).

Sólo así, su poesía constituye una auténtica “espiritualidad poética”, que es misión a través de la poesía, es decir, partida, un salir fuera de sí, para llevar a otros, en nombre de ese amor que la sustenta, la luz de la Verdad, que es Cristo. «El Señor dijo a Abrám: “Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré» (Gn. 12, 1).

Así, la poesía cristiana que brota de esta experiencia profundamente humana y divina se convierte en poesía mística y, de su esencia, brota el más auténtico y fiel testimonio del que se sabe sólo un instrumento, «un pequeño lápiz en las manos de Dios» (beata Teresa de Calcuta).

 

 

Poesía mística y testimonial

 

El siervo de Dios, escritor, poeta y fundador español, Fernando Rielo (Madrid, 1923 – Nueva York, 2004)8 entiende la poesía mística bajo dos aspectos: «Expresar con suficiente destreza poética los diversos modos de la íntima experiencia personal que, en amor y dolor, el alma tiene de su unión con Dios… Y un expresar con suprema maestría la íntima experiencia de amor con el Absoluto en los diversos modos de búsqueda que presenta el espiritual “inquietum cor” (“corazón inquieto”, san Agustín) del ser humano.9» Considero, en este sentido –continua el poeta–, la mística abierta, esto es, incoada en todo ser humano por el hecho ontológico de que, más que animal racional, político o simbólico, es “ser místico”. El ser humano es, por consideración de su status místico u ontológico, desposado, desde el primer instante de su concepción, con Dios, esto es, unido, constituido, relacionado… La poesía mística tiene por finalidad la confesión de la fe.» La palabra humana, siendo imagen y semejanza de la palabra divina, debe trazar con mística pincelada un lenguaje de perfumadas esencias escondidas que evoque, sin ambages, el celeste destino humano.

»La poesía mística… eminentemente creativa, es susceptible de engendrar nuevos

recursos estilísticos, nuevas formas y, en general, una riqueza inagotable para expresar, por medio de la imagen estética, la mística unión del alma con su Creador. La poesía mística es también visión universal y transcendental de una humanidad que, en dolor y en amor, camina hacia su celeste destino; añádese a esta mística marcha la naturaleza y el cosmos que se ofrecen al ser humano con el fin de ilustrar el sentido más valioso de su unitiva experiencia de amor.» La poesía mística… posee un vasto horizonte por el cual recrea con pasión los valores multiformes de la espiritualidad humana… La propiedad definitoria de la poesía mística no es el tratamiento de Dios como tema, como descripción “existenciaria”, como recurso estilístico o como especie de elección ad experimentum, antes bien, es elevación a arte de la unión de amor con el Absoluto en tal grado que la constante poética debe evocar, en forma elevadísima, esta mística unión.

«La experiencia de unión de amor con Dios es tan íntima, tan vital, tan definitiva, que el

poeta místico… nunca se preguntará, ni siquiera como recurso estético, por la existencia o no existencia de Dios, lo mismo que nadie se cuestiona la existencia o no existencia del aire que respira».10

De esta experiencia íntima (mística) del amor de Dios es que brota el más nítido, el más diáfano, el más noble y sincero testimonio poético, que, ante todo, es auténtica «confesión de fe», de aquello que «hemos visto y oído» (Hch. 4, 20), de lo que participa, por pura gratuidad, la poesía cristiana.

El testimonio del poeta cristiano, por tanto, es un testimonio vivo, fecundo, creativo, que se desborda, que sale fuera, que no puede callar, y si calla, es sólo para dejar lugar a la Palabra, que se pronuncia en el silencio de su amor, que es también amor amante, porque ama con el mismo amor con que Dios lo ha amado primero (cfr. 1Jn. 4, 19).

Su testimonio es también luz que indica el camino, que brilla en la noche de la fe como la fulgurante estrella de Belén que guía a los magos hacia el encuentro con el rey de los judíos a quien buscaban resueltamente, siendo conducidos hacia su encuentro sólo para adorarlo, para inclinarse ante Él y ofrecerle sus dones (cfr. Mt. 2, 1-2); camino inundado de «perfumadas esencias escondidas» que sabe exhalar una poesía cristiana, y que conduce al encuentro definitivo con el Padre nuestro que está en el cielo, por Jesucristo.

Entran en ese testimonio la mirada delicadamente transformada, a la vez que trascendente, sobre la realidad que rodea al poeta místico y testigo, henchido de una humanidad traspasada por Dios, y que se vuelve anuncio para «una humanidad que, en dolor y en amor, camina hacia su celeste destino»: DIOS.

El Padre Casas, fundamentando la espiritualidad cristiana en el testimonio escribe: «La experiencia de Dios, como cualquier otra experiencia, debe hacerla cada uno por sí mismo, reeditarla en su propia vivencia, elaborarla… Se realiza y se testimonia… Hay que descubrir el lenguaje propio de la experiencia y especialmente el de la experiencia espiritual que no “racionalice” ni “intelectualice”, sino que las procese vivencialmente en clave testimonial y confesional en categorías “existenciales”: “Lo que hemos visto y oído” (1Jn. 1, 1), con capacidad de anuncio para la transmisión pastoral».

Esto es válido también para la experiencia poética del cristiano, para el testimonio que debe dar la poesía cristiana como partícipe de aquella experiencia mística de Dios, a partir de la cual descubre la llamada a ser luz, a ser sal, a ser fermento en la masa (cfr. Mt. 5, 13-16.13, 33; Mc. 9, 50).

La poesía testimonial ha de surgir, pues, del deseo encendido de contar a otros lo que de modo personal el poeta cristiano va descubriendo y vivenciando a partir de su experiencia poética, en particular, a partir de una especial experiencia del amor compasivo y misericordioso de Dios (cfr. Sal. 144), que lo quema y lo impulsa a no callar aquello que ha descubierto, y que se convierte al mismo tiempo en deseo porque otros lleguen también a experimentar aquello que él ha descubierto como verdadero, noble y bello. «¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido!… Entonces dije: “No lo voy a mencionar ni hablaré más en su Nombre”. Pero había en mi corazón como un fuego abrasador, encerrado en mis huesos: me esforzaba por contenerlo, pero no podía» (Jr.20, 7-9).

«Se trata de que cada uno –continúa el P. Casas– busque por sí mismo sus propias

razones para la esperanza (cfr. 1Pe. 3, 13) y pueda vivirlas y testimoniarlas. Es importante

descubrir que aquel creyente (poeta) que cultive su vida interior sea capaz de realizar la

propia lectura histórico-salvífica de su vida e interpretar, desde el ejercicio del

discernimiento, su vocación y misión. Esto sólo se puede realizar desde la “objetivación” de las mediaciones de la Iglesia: la Palabra de Dios, la Tradición, el Magisterio, los sacramentos, la relación comunitaria y fraterna, el discernimiento o la dirección espiritual, la contemplación y el estudio, etc. Sin estas mediaciones no es posible desentrañar el misterio de la subjetividad personal desde la fe donde la persona es tomada desde su centro personal más envolvente, perceptivo y acogedor, siendo la experiencia un elemento de integración muy importante para el proceso de la fe.» En este sentido, el testimonio… sólo es posible recibirlo y transmitirlo existencialmente

como portador de un contenido vital que, sin duda, es relativo y limitado, pero –al ser

personal– puede interpelar vivencialmente puesto que conlleva una gracia de interpelación y conversión más fuerte que todas las conclusiones racionales.»…“Al Dios vivo –dirá Miguel de Unamuno (1864-1936)–, al Dios humano, no se llega por el camino de la razón sino por el camino del amor y del sufrimiento. Dios mismo, no ya la idea de Dios, puede ser una realidad inmediatamente sentida. Es un sentimiento del hambre de Dios… Creer en Dios es, en primera instancia, querer que haya Dios, no poder vivir sin Él… El Dios del que tenemos hambre es el Dios a quien oramos. Y tal es el Dios amor, sin que sirva el que nos pregunten cómo es. Cada cual consulte a su corazón. Y si crees en Dios, Dios cree en tí y, creyendo en tí, te crea de continuo. Creer en Dios es, ante todo y sobre todo, sentir hambre de Dios, hambre de divinidad, sentir su ausencia y vacío, querer que Dios exista.

Creer en Dios es anhelar que exista y vivir como si existiera”.» En este texto, Miguel de Unamuno no tiene la preocupación de filosofar, sino la de confesar su corazón, su casi desesperada pasión de que Dios exista, su íntima necesidad de sentirlo… Dios, como los grandes misterios de la existencia humana –el amor, la amistad, el sufrimiento, la soledad, la muerte– sólo pueden testimoniarse, de lo contrario se profanan.

Un Dios no testimoniado es, en definitiva, un Dios no conocido, no experimentado».11

En estas líneas puedo descubrir el valor, el impulso y la fuerza misional del arte poético cristiano, de la poesía mística y testimonial, pues su razón de ser está en la necesidad de “sacar a la luz” (editar) aquello que no se puede ocultar y que encuentra su fundamento en el encuentro con el Dios vivo y verdadero y, a partir de su experiencia fundante, con los demás y con la creación entera. Necesidad que es hambre y es sed, es búsqueda y es encuentro, es vacuidad y es plenitud… Es así que la poesía cristiana es portadora de ese contenido vital que le infunde el amor y que se entrega, tomado de la misma realidad experimentada, vivida y celebrada en Dios, y que constituye la harina, la levadura, el agua y la sal que forman su pan.

«“¿Para qué sirve la poesía?”, preguntaron al poeta italiano, a lo que él respondió:

Para nada… Es algo maravillosamente gratuito, que hay de más en el mundo. ¿Para qué

sirve que el alba sea así de bella? Para nada. El día puede surgir bueno sin la luz del sol que te llega por la ventana, pero es más bello que el día que surge gris. ¿Para qué sirve la poesía?

Sirve para testimoniar que se puede tener necesidad de algo que aparentemente no es

necesario. Todos tienen necesidad de poesía, de vivir “poéticamente” lo cotidiano… Porque todos tenemos necesidad de una mirada delicada sobre las cosas, que vaya más allá de lo que se ve».12

Sí, la poesía es capaz de «ir más allá de lo que se ve», porque es poderosamente capaz de brotar, de surgir, de más allá de lo que no se ve, de aquello que es esencial, existencial, vivencial, es decir, desde la más profunda interioridad e intimidad poéticas, allí donde mora Dios, ese desierto sediento donde Dios se constituye la fuente de agua viva, el manantial que brota de la montaña y no se agota, porque vive y vive para siempre.

Por eso, es importante «que uno no censure la propia humanidad, sino que sea hombre

hasta el fondo. No a todos se les pide ser poetas, pero a todos se les pide ser hombres:

pacientes, comprensivos, justos, capaces de perdonar y de pedir perdón… Es cierto que la poesía ayuda a una mirada que supera aquello corto y miope del hombre, que no ve más allá del perímetro de la propia medida. Esta autoconciencia ayuda a dar el justo peso a las cosas, y una jerarquía de valores. Por esto también la vejez y la muerte no son motivo de desesperación, como para quien busca la eterna juventud, sino un pasaje dentro del camino de la vida hacia un destino bueno, ojalá envuelto en el misterio, que todavía no se puede a priori negar».13

 

 

La dimensión poética del cristiano

 

Verás, mi poesía ha nacido cada vez en silencio y soledad, ámbito propicio que deja al descubierto el corazón, volviéndolo diáfano como las palabras.

El corazón, entonces, habitado por una presencia, calla… Es una presencia quieta, que parece reposar en aquel sagrado silencio.

El tiempo avanza, no se detiene, todo alrededor lo proclama, pero con su acompasado devenir, aquel tiempo, poseído también por la silenciosa presencia de Dios, va marcando el ritmo de las palabras que se van gestando, serenas como el cándido amanecer.

La ventana se abre entonces, deja pasar la luz, el aire, los sonidos, la vida cotidiana toda… El amor entra también y toma posesión del corazón… Quita todo aquello que no es esencial, lo despoja, pues él se ha despojado primero.

El corazón lo deja hacer y, cuando ha quedado verdaderamente en silencio, el amor habla una palabra… Es suave y delicada su voz, pero indeciblemente clara.

Toma de lo que el corazón le ofrece, de lo que ha recogido en su caminar por los días de su vida… Cada latido se transforma entonces en una palabra buena, que el amor toma para tejer en soledad una trama, que es una historia de amor, es un poema… Sopla sobre ella y le infunde su esencia vital, para que esa palabra, esa historia, ese poema, sean capaz de decir lo que el amor le ha inspirado, es decir, su aliento.

Toda mi vida, sólo así, puede transformarse en poesía, en un, podría decir, estilo poético de vida cristiana, pues toda la mirada que se vierte y que al mismo tiempo toma de la realidad cotidiana da forma a la personal expresión, que es admirable intercambio de amor, para llegar a ser testimonio de vida de lo que el amor de Dios realiza, sólo por su gracia, en lo más hondo.

Las palabras que busco y que puedo encontrar, y que van dando forma a mi expresión poética, adquieren sólo así un hondo significado en la bondad y en la vida misma –esencialmente buena–, pues parten de ella, de mis vivencias cotidianas, y ellas son como la levadura en la masa, las que fermentan y convierten las propias vivencias cotidianas en el pan de mi poesía, que es alimento para el alma y para los que pueden percibir su aroma y sabor, y alimentarse confiadamente de él.

Las palabas fluyen, por el solo impulso del amor, como las aguas de un río; se mezclan y confluyen en la bondad de una trama poética, como confluyen los hilos de un tejido, al tiempo que se van uniendo, entrecruzando, trazando la trama y combinándose para configurar la belleza de una obra de arte.

Escribir poesía es el arte que brota de la propia intimidad con Dios, que da forma a la trama de la historia, de la que Él es «el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin» (Ap. 21, 6)… Es único ese momento, y lo sublime estriba en poder formar con palabas, nombrar a través de ellas, las realidades que constituyen el ser, su más fiel y auténtica verdad, como la belleza profunda de ese encuentro.

A lo largo de mi historia fui descubriendo que mi vida se iba construyendo como historia de una sed, donde toda ella deseaba, anhelaba, buscaba saciar esa sed en un encuentro que se volvía cada vez inevitable, atractivo, cautivante, donde las palabras no alcanzaban, parecían insuficientes y hasta innecesarias, y que iban tejiendo, como a tientas, una trama personal, única, en la cual Dios reposaba su bondadosa mirada; trama personal a través de la cual Dios hacía resonar su amor, mediante los latidos de mi poesía.

Así, para mí, la poesía fue cobrando fuerza y mi propia identidad, volviéndose mi herramienta más adecuada para expresar en testimonio aquello que iba creciendo serena y cotidianamente en mi corazón.

La he llamado “dimensión poética”.

Esta dimensión poética –que es identidad del alma, o más propiamente, identidad

poética del alma– que se perfila y transparenta en cada escrito, que se caracteriza por la sed

que busca –puesta por Dios–, por una búsqueda constante y fiel de Dios, de su presencia en

la vida toda y que se vuelve algo así como su sello distintivo, individual, resuena con

particular hermosura en el Tiempo de Navidad desde el Libro El Cantar de los cantares:

«¡Escucho una voz…! Es mi Amado que ya llega, saltando por los montes, brincando por las colinas. Es mi Amado semejante a un venado, a un ágil cervatillo…

»Mi Amado es para mí, y yo para Él… Mientras sopla la brisa y las sombras se alargan,

retorna, Amado mío…» Por la noche buscaba al Amor de mi alma: lo busqué, y no lo encontré. Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las plazas, buscando al Amor de mi alma; lo busqué, y no lo encontré. Me han encontrado los guardias: “¿Vieron al Amor de mi alma?”… Pero, apenas los pasé encontré al Amor de mi alma; lo abracé y ya no lo soltaré». (Ct. 2,8—3,4).

Paradójicamente, en el corazón de la poesía mística y testimonial se desarrolla la dinámica “búsqueda-encuentro” y “búsqueda-desencuentro”, que le da su identidad propia y forma su «contenido vital». Pues el Amado llega, quiere quedarse, el alma lo acoge, saborea su presencia cierta y, cuando está tan cercano que parece no ha de marcharse jamás, se aleja, se esconde, y llega la noche y la vida parece como abandonada, en las sombras, sedienta, y es allí donde nace y crece la sed por encontrarlo de nuevo, la nostalgia por el Amado, la sed de un nuevo y renovado encuentro; es allí donde brilla con suave fulgor la sed, el deseo que busca, volviéndose poema, y el corazón suspira, clama y sale a buscarlo (cfr. Is. 26, 8-9)…«Busquen al Señor mientras se deja encontrar –aclama el Profeta–, llámenlo mientras está cerca» (Is. 55, 6).

Pienso que desde estas experiencias se va vislumbrando una dimensión en la vida que cobra forma de poesía, es decir, aquella forma (sobre)natural que el alma encuentra para nombrar, expresar y testimoniar estos movimientos interiores, para describir esa nostalgia por la que se sabe partícipe del Amado a quien busca y a quien llama con sus versos. Por su parte, la poesía busca transmitir en forma artística, con exquisita sensibilidad, en la belleza propia de sus versos y palabras, en su particular forma de pintar, cuanto puede el corazón contemplar y percibir en su encuentro, desde aquella sed, con el Amado.

Así, descubro que el corazón poeta del cristiano es el corazón que en verdad busca a Dios, en la sinceridad transparente de su mirada y en la contemplación de la belleza de su vocación, que puede percibir esa nostalgia por su presencia, que lo mantiene en vela y lo lleva a descubrirla en la maravillosa obra de sus manos y en la hermosura de se esconde en la belleza de las simples cosas, de la realidad profundamente cotidiana. Corazón poeta que expresa su sed en una oración confiada, serena, sincera, y busca abandonarse cada vez a la voluntad de Aquél que se ha dejado encontrar y que lo ha llamado por su nombre.

Para mí, esta dimensión poética se construye en este movimiento hacia el interior de uno mismo, en un encuentro con la propia mismidad (ser uno mismo), siendo capaz de admirar la belleza y dignidad que reposan en el alma, llamadas a transparentarse a través de toda la vida, es decir, del testimonio cristiano de vida.

Sólo un corazón poeta, que ha descubierto en su camino de encuentro con Dios el valor primordial de la vida, es capaz de contemplar la belleza que anida en él y en todo cuanto lo rodea, para luego darle forma de palabras y lanzarlas a volar al viento; belleza que no puede verse, pero sí puede mirarse, es decir, contemplarse a través de unos ojos límpidos y de un apasionado vivir.

De esto se desprende que sólo la poesía, una mirada poeta, puede penetrar hasta lo profundo, no quedándose en meras apariencias, sino más bien detenerse para ad-mirar (ver con sorpresa) y contemplar aquello que no puede percibirse sino con un «corazón puro», iluminado por la claridad del amor (cfr. Mt. 5, 8). Dice Jesús en el Evangelio: «La lámpara del cuerpo son tus ojos. Cuando tus ojos están sanos, todo tu cuerpo está iluminado. Ten cuidado de que la luz que hay en tí no se oscurezca. Si todo tu cuerpo está iluminado, sin nada de sombra, tendrá tanta luz como cuando la lámpara te ilumina con sus rayos» (Lc. 11, 33-36).

Esa luz es la belleza que irradia el cristiano que vive en Dios y es a ese Dios a quien irradia con su testimonio (poético) de vida, con su forma siempre nueva de mirar y que simplemente ilumina como la lámpara en la oscuridad de la noche.

Cada Viernes Santo con particular admiración contemplamos la lámpara del sagrario que se apaga. Sólo una es la razón que indica que debe estar apagada: ¡Cristo ha muerto!

Jesús no está sacramentalmente en el sagrario y su puerta ha quedado abierta.

Ello nos muestra también que una es la razón de ser (misión) de aquella lámpara: permanecer encendida para mostrar al Amado, para señalar el lugar de su presencia.

En consecuencia, el Señor no está, la lámpara se apaga.

He aquí una bella imagen de la poesía mística y testimonial, cuya misión es permanecer encendida para mostrar con su luz interior al Amado, y la vida toda del cristiano, así, ha de convertirse en un fiel reflejo de la Luz del amor de Dios que reposa en el sagrario de su corazón, cual pequeña y destellante lámpara del sagrario.

Sólo el que ama de verdad experimenta que su vida, ante el destello del amor, se enciende y es capaz de brillar con pasión, como un poema, siendo capaz de desbordar, hasta el derroche, destellos de luz y gozo, sin apagarse, más bien, consumiéndose en ese mismo amor que le da honda vitalidad y la completa.

Sólo el que ama percibe, aun sin comprender, que es capaz de permanecer encendido, fiel, sólo para mostrar al amor por quien vale la pena consumirse; se olvida de sí para indicar a todos que el amor está vivo y que ama, así como aquella luz que destella vivamente contemplando su fuerza.

Todo el que llega a las puertas del templo busca primero la pequeña lámpara que sabe,

le indicará con precisión –y casi sin importarle ella misma– quién es la razón de su búsqueda:

«¿Dónde está el rey de los judíos –se preguntaron los magos– que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo» (Mt. 2, 2). Y la pequeña lámpara permanecerá fiel a su esencia, y su gozo residirá en haber mostrado al Señor que se oculta bajo las apariencias de pan y vino en el sagrario cercano a ella. ¡Qué sublime vocación ha recibido la pequeña lámpara! Pues por ella, todo el que la vea se alegrará por haber llegado ante las puertas mismas de Dios, expresándole a través del destello silencioso de su luz: «¡Es a Dios a quien debes adorar!» (Ap. 22,9).

Aunque aquella lámpara permanezca apagada durante el Viernes y el Sábado, la Noche santa de la Vigilia Pascual volverá a brillar con un nuevo regocijo y no volverá a apagarse hasta el año próximo.

Y he aquí que descubrimos su secreto: el hecho mismo de estar apagada también es parte de su esencia, de su ser lámpara, convirtiéndose así en signo testimonial, en señal que nos indica que Cristo no está, y en este detalle cumple también su vocación; se ensalza así más aún su pequeño resplandor, pues sólo ella indicará el momento exacto, ese instante sagrado en que Cristo resucitado del sepulcro llega de nuevo y se adelanta a la aurora para mostrarse a su lado, volviéndose ella a encender, para brillar y destellar la Vida que le da sentido y razón de ser a su misión poética. Su ser apagada es sólo el tiempo sagrado de la esperanza, incluso el del dolor, y de la espera de aquella Hora en que volverá a ser reflejo del resplandor del Rey eterno una vez más. Y aunque su pequeña luz no brille, mas sólo por un instante, ahí permanece la lámpara, en silencio y soledad, como un poema. ¡Permanece!…

Aquí reside su secreto: encendida o apagada, es la lámpara que permanece junto al sagrario para ser signo manifiesto de un amor eterno que permanece siempre vivo y a su lado.

El Cardenal Joseph Ratzinger nos invita a «contemplar la belleza del Rostro de Cristo» como el «más bello de los hombres», en quien «la gracia derramada en sus labios manifiesta la belleza interior de su Palabra, la gloria de su anuncio. De este modo –dice el Cardenal–, no

sólo la belleza exterior con la que aparece el Redentor es digna de ser glorificada, sino que en Él, sobre todo, se encarna la belleza de la Verdad, la belleza de Dios mismo que nos atrae hacia sí y a la vez, abre en nosotros la herida del amor, la santa pasión que nos hace caminar, en la Iglesia esposa y junto a ella, al encuentro del amor que nos llama».14

En estas palabras queda de manifiesto el brillo de la dimensión poética-profética de la poesía mística y testimonial, llamada esencialmente al encuentro con la verdad de Dios, que Él mismo ha sembrado en el corazón del hombre, para contemplarla y dejarla brillar en su esplendor y hermosura.

En mi experiencia poética, la poesía, y por ella la contemplación de la belleza en la vida y en la Creación, se fue transformando en oración, en plegaria simple y sincera por gracia de Dios y para su gloria, deseando el encuentro con el «Amado de mi alma». De ello se desprende que, al momento de escribir poesía, busque recrear un clima propicio de silencio íntimo, de soledad, que no es para sí misma sino para la comunión fraterna; de confianza ante la mirada bondadosa del Señor y que invita al abandono; clima donde pueda producirse dicho encuentro, que es simple en su esencia y que, al mismo tiempo, se vuelve encuentro con mi fragilidad humana, desde donde parte la expresión poética de mi vida para convertirse en buena nueva de esperanza y paz.

 

 

La vocación del poeta cristiano

 

Quisiera esbozar ahora, a partir de estas vivencias, el corazón de un poeta cristiano, que va quedando transformado en ese “lugar de Dios” desde donde parte, en virtud de su amor infundido en él, su poesía, y pintar desde esta descripción la interioridad poética a la que vengo haciendo referencia, siendo una invitación a cada hombre y a cada mujer a descubrir todo cuanto de belleza encierra la vida.

Un poeta cristiano es una persona que ha descubierto el secreto del vivir y del amor y, en ese amor, el motor de su existencia. Una y otro –la vida y el amor– se alimentan mutuamente y riegan de sentido la poesía del poeta, que sólo escribe lo que del amor ha descubierto en su vivir. Pues su corazón sabe poner delante de sí la vida, como lo hace el alfarero con el barro, el tallador con la madera, el pintor con el lienzo, y, sin pronunciar tan sólo una palabra, la contempla y llega a percibir en ella una chispa de su Creador y Señor.

Esa chispa, de cálido fulgor, es el amor que, encendido, ilumina todo su existir, lo vuelve cálido cual hoguera de brasas que abrazan los sueños e ilusiones de los hombres, y es capaz –el amor– de desplegarlos y echarlos a volar en el tiempo y más allá de él hasta llegar a rozar las páginas de un cuaderno para convertirse en poesía.

¿Qué es una poesía cristiana sino aquella cálida escritura que conmueve el corazón y lo abriga cuando hace frío, lo consuela en la desolación, lo acaricia en la aridez o calma la sed en el desierto? Pues la letra de una poesía se vuelve caricia, consuelo, palabras de esperanza y compañía, de amistad y confidencia, frutos del amor que la ha dado a luz y ha cobrado el

rostro de simples versos tejidos en su interior. Pues el poeta recoge en su paso por la vida

los frutos de cada encuentro que ha vivido intensamente y los transforma en poesía, a medida que los contempla y se admira por la belleza que aquel encuentro le ofreció. Frutos que muchas veces son de dolor y sufrimiento, de cansancio y penas del diario caminar; y otras tantas, son frutos de bondad, de mansedumbre y alegría; frutos de paz y serenidad.

Un poeta cristiano, en la expresión testimonial de su dimensión poética, es capaz de proclamar a viva voz desde el silencio de su mirar: «Un atardecer cualquiera trae la paz, con el suave viento la esperanza llega; aquel canto armónico que resuena por ahí mantiene viva la ilusión de seguir tratando de conquistar al amor»… y lanzarse en su búsqueda, de un amor

que no se agota y que muchas veces se esconde, y el poeta lo busca, mas no se cansa, insiste, con fuerzas o sin ellas, con ocasión o sin ella (cfr. 2Tim. 4, 2), pues sabe que «las aguas no podrían apagar el amor ni los ríos anegarlo» (Ct. 8, 7).

Un poeta cristiano es un artesano de corazones, pues va moldeando el amor de Dios con el cincel en el mismo amor fraterno. Pues las razones de la vida se fundamentan en el amor recíproco, «mandamiento nuevo» (cfr. Jn. 13, 34), cuando es capaz de entregarse en búsqueda de la felicidad y que «hace de muchos corazones uno solo» (beato Luis M.

Monti), y descubrir por él la belleza de su don y el «esplendor de la Verdad» (san Juan Pablo

  1. II) derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (cfr. Rom. 5, 5).

Artesano, el poeta cristiano, que a golpes de palabras y bellezas va calando las durezas de la vida y le va quitando las asperezas que afean el rostro y oscurecen los sentimientos para moldear así deseos de paz y buenas nuevas, de esperanza y alegría, de dulzura y ternura, cual pastor de silbos amorosos que atrae para sí a sus ovejas con sólo el cándido sonar de su voz por los campos de la vida y las hace reposar en las praderas de su amor, a las orillas de su paz.

Las ovejas sólo se mueven al escuchar, con el rumor de la brisa de las montañas, la voz de aquél que es la razón de su descanso. Para las ovejas, la voz de su pastor es como una poesía, pues son atraídas por ellas. Al principio, las ovejas deben aprender a reconocer la voz

de su pastor entre muchas voces naturales que resuenan: los pájaros, los ríos, el viento, la

lluvia… Y sólo son capaces de reconocerla porque supieron estar a su lado oyendo su

melodía… Así, podrán caminar a través de largas distancias, separadas unas de otras y de su

dueño pero, al escuchar, por esas maravillas de la naturaleza, la voz de su señor, todo deja de ser importante y se esfuerzan por callar para mejor poder escuchar aquella sonata que se hace dulce, más clara, más atractiva a la vez que más bella cuando se van acercando más y más a él. Y… «¡oh, Bondad!»… ¡Allí está!… La voz de la Bondad, la voz buena que es la única capaz de atraerlas y seducir sus corazones.

Así, el poeta cristiano sabe atraer con el sonido de su vocación poética a las ovejas que alcanzan a descubrir el sonar de aquella voz.

Aquél que es capaz de gozarse de la poesía y de la belleza que de ella se desprende, con certeza ha encontrado un bálsamo para sus dolores, un alivio para sus penas, una forma de nombrar aquello que lleva en su interior. Pues la poesía es buena en sí misma y bella en su decir; es transparente y cálida, es caricia y melodía para la vida. Cuando nos acercamos a ella más y más, con mayor claridad percibimos su encanto y su delicada fragancia, con mayor fuerza escuchamos su voz y buscamos callar, despejar el corazón de otras voces para poder escuchar su arrullo que nos atrae y descubrir en ella el descanso, el alimento y una canción que alegra el vivir y que nos viene de Dios.

La poesía mística y testimonial cristiana tiene su propia fuerza de atracción y sus encantos que seducen la vida del hombre que tiene fe… Encantos que brotan de la Creación, de la belleza y claridad de todo cuanto nos rodea. La belleza poética brota de las mismas fuentes de la poesía, y con sus aguas riega y lava lo que alcanza a acariciar. La poesía se alimenta de los latidos del corazón de su poeta que se detiene en el camino de la vida y abre los ojos para mirar a través de los cristales de la naturaleza. Así, todo cuanto lo rodea es motivo de inspiración y poesía, de acción de gracias y alabanzas, volviéndose ella un instrumento, como un lápiz, para hablar con el lenguaje de las palabras, muchas veces limitado, de otro lenguaje, más sutil y que no busca descifrar, sino compartir, y contarles a todos que ha descubierto un secreto, que no se entiende, pero que está ahí, seduciendo la vida y haciéndola brillar como el lucero de la mañana que sólo puede contemplarse a través de un cielo diáfano.

Por eso, la poesía cristiana es una invitación a dejar que el amor vuelva nítido el corazón para dejarse poseer por la «belleza del Rostro de Cristo» que nos lleva a contemplar, a través de su mirada límpida, el Corazón misericordioso del Padre.15

Podría, así, definir al poeta cristiano como aquél «que lleva en sí un deseo tan poderoso que supera su naturaleza, y que desea y anhela más de aquello a lo que el hombre puede aspirar. Éste ha sido traspasado por el mismo Esposo; Él mismo ha enviado a sus ojos

un rayo de su Belleza. La profundidad de la herida revela ya cuál es el dardo, y la intensidad del deseo deja entrever Quien ha lanzado la flecha».16

 

 

Un lápiz y una cruz

 

Sobre mi mesa de trabajo reposan un pequeño lápiz negro y una cruz de madera despojada, sin la imagen de Cristo crucificado en ella.

Cada vez que me dispongo a mi “trabajo de escritor” los observo un largo rato y en

silencio.

Allí permanecen, como inseparables, siempre juntos… Los dos fabricados con el mismo material: la madera bondadosa de un árbol… Ambos huelen natural e intensamente a ella…

Ambos describen la vida… Ambos, por amor, la dan.

Una, la cruz, es la fuente; el otro, el lápiz, el ciervo sediento que se acerca a ella para beber y a sus orillas descansar… Ambos, el lápiz y la cruz, tienen, más sorprendentemente aún, algo en común que los une inseparablemente, como permanecen unidos el silencio y la soledad: la sangre que por ellos se derrama: desde la cruz, es la sangre de la nueva y eterna Alianza para la salvación de los hombres; desde el lápiz, aquella que es vida nueva para testimoniar el verdadero amor crucificado, «fuerza y sabiduría de Dios» (1Cor. 1, 24) que lo atrae, lo llama, lo colma y lo mueve a dejarse crucificar con Cristo (cfr. Gál. 2, 19), de modo que también la vida que por él se entrega, no sea vida de él, sino que sea la vida misma de Cristo en él, una vida vivida en la fe en el Hijo de Dios, que lo amó y se entregó por él (cfr. Gál. 2, 20).

Tomo ahora suavemente el pequeño lápiz y, como la cruz no tiene a Cristo crucificado, lo coloco lentamente, como reposando, sobre ella… Los observo una vez más en silencio…

¡Ahora son una sola cosa!… Verdaderamente, el poeta cristiano está llamada a testimoniar:

«Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gál. 2, 20).

Se me vienen a la mente las palabras de san Pablo: «Que sus palabras sean siempre

buenas, para que resulten edificantes cuando sea necesario y hagan bien a aquellos que las escuchan. No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, que los ha marcado con su sello… Traten de imitar a Dios, como hijos suyos muy queridos. Practiquen el amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio agradable a Dios. Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz» (Ef. 4, 29-30; 5, 1-2. 8).

Sí, el lápiz y la cruz van inseparablemente juntos, como el aceite y la lámpara; ambos son instrumentos de vida nueva en Cristo Jesús; ambos elevan sus manos y sus miradas al Dios fiel (cfr. 1Tes. 4, 24; 2Tim. 2, 13), cuyo amor, suspendido entre el cielo y la tierra, se desborda, como un río, por la sangre del Cordero, «el Testigo fiel, el Primero que resucitó de entre los muertos, el Rey de los reyes de la tierra. Él nos amo y nos purificó de nuestros pecados, por medio de su sangre» (Ap. 1, 5), haciendo así nuevas todas las cosas para Dios, su Padre (cfr. Ap. 21, 5).

Camino por la vida portando el llamado a amar en el amor desbordante de Dios, a mirar la realidad de cada día en su bondad más pura, pues es su don, como cuando abro la ventana por las mañanas y entran a raudales los signos de esa vida nueva que despiertan con el alba.

Un testimonio poético es una ventana siempre abierta, que se deja inundar por la belleza que está ahí, esperando por entrar y que entra conquistándolo todo, al mismo tiempo que deja salir a la luz cuanto se fue forjando también en la soledad y en el silencio de la noche, como un nuevo árbol que ve la luz sólo después de estallar en la oscuridad de la tierra la vida que estaba como un germen en su interior.

Un lápiz… Y una cruz… Y un amor que se derrocha cual aroma de «perfumadas esencias escondidas»… Es un amor traspasado por la lanza, capaz de abrir con fuerza un torrente de bondad y vida, de sangre que alcanza el perdón, la reconciliación y la paz en abundancia, y de agua, que se vuelve signo del nuevo nacimiento en Cristo, y que el pequeño lápiz de madera, a veces con sus lágrimas, alcanza a esbozar en una poesía (cfr. Jn.19, 31-37).

 

* * *

Un lápiz ahora ha quedado clavado en la cruz…

Despojado poco a poco ha ido quedando abierto al misterio de Aquél que se anonadó a sí mismo y, haciéndose semejante a los hombres y presentándose con aspecto humano, como un poema, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz (cfr. Ef. 2, 7-8).

El lápiz ha de aceptar también, en obediencia de fe, aquella «muerte y muerte de cruz», que será su más ardiente sacrificio, la más plena consumación de su poesía… No ya un lápiz fabricado de madera, sino un lápiz que muere con Cristo en la cruz para resucitar también con Él (cfr. Ef. 2, 4-6; 1Tes. 4, 14-18).

El lápiz, como instrumento de esta gracia, por su sublime vocación a ser testigo del amor de Dios por el hombre, ha de inclinarse también ante su humanidad herida, para proclamar a ella y desde ella la tierna misericordia que, como un bálsamo que sana, se desborda del Corazón traspasado del Padre.

 

* * *

«La Cruz de Cristo sobre el Calvario surge en el camino de aquel admirable intercambio,

de aquel admirable comunicarse de Dios al hombre en el que está contenida a su vez la

llamada dirigida al hombre, a fin de que, donándose a sí mismo a Dios y donando consigo

mismo todo el mundo visible, participe en la vida divina, y para que como hijo adoptivo se

haga partícipe de la verdad y del amor que está en Dios y proviene de Dios. Justamente en el camino de la elección eterna del hombre a la dignidad de hijo adoptivo de Dios, se alza en la historia la cruz de Cristo, Hijo unigénito que, en cuanto “luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero” (Credo niceno-constantinopolitano), ha venido para dar el testimonio último de la admirable alianza de Dios con la humanidad, de Dios con el hombre, con todo hombre.»Esta alianza tan antigua como el hombre se remonta al misterio mismo de la creaciónrestablecida posteriormente en varias ocasiones con un único pueblo elegido, es asimismo la alianza nueva y definitiva, establecida allí, en el Calvario, y no limitada ya a un único pueblo, a Israel, sino abierta a todos y cada uno. […]

»La cruz es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre y todo lo que el

hombre de modo especial en los momentos difíciles y dolorososllama su infeliz destino. La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre, es el cumplimiento, hasta el final, del programa mesiánico que Cristo formuló una vez en la sinagoga de Nazaret (cfr. Lc. 4, 18-21) y repitió más tarde ante los enviados de Juan el Bautista (cfr. Lc. 7, 20-23). […]»Cristo, en cuanto crucificado, es el Verbo que no pasa (cfr. Mt. 24, 35), es el que está a la puerta y llama al corazón de todo hombre (cfr. Ap. 3, 20), sin coartar su libertad, tratando de sacar de esa misma libertad el amor que es, no sólamente un acto de solidaridad con el Hijo del Hombre que sufre, sino también, en cierto modo, “misericordia” manifestada por cada uno de nosotros al Hijo del Padre eterno».17

 

 

 

1 CASADEI, Franco, médico y poeta italiano, nacido en la provincia de Forlì-Cesena (Emilia Romaña) en 1946,

en “Lettera in versi”, Newsletter di poesia di Bomba Carta, n° 45 – Génova (Italia), marzo de 2013

(www.bombacarta.com), pág. 29 – Traducción: Guchi Basile.

2 GIANGOIA, Rosa Elisa, editora, creadora de “Lettera in versi”, Prólogo al n° 45.

3 ÍDEM.

4 BOASSO, Fernando, SJ, Cap. 1: “La creación, danza de Dios”, en “Fundados sobre piedra – Meditaciones

para el gran Jubileo”, Buenos Aires, Ed. Paulinas, 1999, págs. 11-15.

5 DICCIONARIO DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA.

6 ÍDEM.

7 CASAS, P. Eduardo, Cap. 4, Apartado 1: “El fundamento cristológico y cristocéntrico de la espiritualidad”,

en “Espiritualidad: vida, experiencia, relación, misterio” – Córdoba, Ediciones JAEC, 2009, págs. 30 y 31.

8 Cfr. http://www.10-aniversario-rielo.com/biografia.

9 Cfr. CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: «Nos hiciste, Señor, para Tí, y nuestro corazón está inquieto hasta que

descanse en Tí» (I, 1, 1).

10 RIELO, Fernando, en www.rielo.com.

11 CASAS, Eduardo, Cap. 4, Apartado 12: “El fundamento de la espiritualidad en el testimonio”, en

“Espiritualidad: vida, experiencia, relación, misterio”, págs. 61-63.

12 CASADEI, Franco, en “Lettera in versi”, n° 45, pág. 29.

13 ÍDEM, págs. 30 y 31.

14 RATZINGER, Card. Joseph, “La contemplación de la belleza” – Roma, 29 de abril de 2005.

15 Cfr. Mi meditación “Dimensión poética del Consagrado – Espiritualidad e interioridad” – Córdoba, enero de

2006, adaptación.

16 Cfr. KABASILAS, Nikolas, en “La vida de Cristo”, citado por el Card. Ratzinger en “La contemplación de la

belleza”.

17 Cfr. SAN JUAN PABLO II, “Dives in misericordia”, n° 7 y 8 – Roma, 30 de noviembre de 1980.

 

 

Guchi Basile |

ME BASTA EL AMOR

 

Puedo pensar en el amor,

y me basta tan sólo un beso

para saber que el amor existe.

 

Puedo pensar en su fuerza,

y me basta el murmurar de la brisa

para darme cuenta que me ha vencido.

 

Puedo pensar en su belleza,

y me basta una sonrisa, cual gota de rocío en la mañana,

para contemplar su hermosura.

 

Puedo pensar en su ternura,

y me basta una caricia

para descubrir su delicadeza.

 

Puedo imaginar y saborear su aroma,

y me basta preparar un café

para comprobar que su fragancia me ha inundado.

 

Puedo soñar con su mirada en cualquier atardecer,

y me basta cerrar los ojos

para abrazarme a su recuerdo.

 

Puedo escuchar sus palabras, cual susurro del viento, en mi alma,

y me basta la soledad

para descubrir que he acunado su silencio.

 

Puedo pensar que lo perdí,

y me basta escribir una poesía

para darme cuenta que no era cierto.

 

Puedo llorar su partida,

y me basta el beso de mi lluvia amiga

para saber que volverá.

 

Puedo desear marcharme o intentar buscar otros rumbos,

y me basta la mirada de sus ojos

para darme cuenta que soy fiel a pesar de mi pobreza.

 

Puedo pensar que el amor me ha transformado,

y me basta caminar por las calles de un poema

para saber que soy testigo de su presencia.

 

Puedo pensar que estoy perdido,

y me basta escuchar el silencio

para saber que el amor ha cobijado mi temor bajo sus alas.

 

Puedo pensar que estoy en tinieblas,

y me basta encender una plegaria

para darme cuenta que el amor vive en mí encendido.

 

Puedo percibir mi soledad cuando me hiere,

y me basta recordarte

para saber que el amor está conmigo.

 

Puedo pensar en el amor una y mil veces,

y me basta pronunciar mi nombre

para saber que me ha dado la vida y que por él respiro.

 

Que el Señor lleve a feliz término, el del «seguro y tranquilo puerto»,

la obra que ha iniciado en nosotros. Amén

* * * *

 

San Isidro de Lules, 2 de febrero de 2015

La Presentación del Señor

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